Exposición Estaciones. Grupo Retal

Andaba yo como palma solitaria, enfrentando los vientos de los cuatro puntos cardinales, digna en mi resistencia, pero, al fin y al cabo: sola. Buscaba una solución para moverme del lugar en que me habían plantado. Comencé a atraer a seres que hoy tengo a mi alrededor; unidas por una vibración energética, que al mismo tiempo nos hace diferentes, resonando cada cual en una nota distinta. Mujeres fuertes, bellas y luminosas. Unidas estas féminas por la aspiración de cambiar un pedacito de mundo, y si esa empresa pareciera enorme; al menos un fragmento de su ser: un RETAL.En una noche de entre puentes, con un frío coladito que entraba por el patio central del museo Palacio de Junco, la conocí. Se hizo la luz en medio de un reconocimiento mutuo, de un destino que nos marcó, y nos acercaba de una manera que quizá ninguna de las dos sopesa bien.Pareciera que esta mujer le pidió prestadas las alas a su colibrí, para que su cuerpo menudo esté moviéndose incesantemente de un lugar a otro. Es difícil imaginarse que se siente alguna vez, tranquila, en su terraza de Peñas Altas, a conversar con los devas que habitan su patio. Pero sí, ellos tienen el don de susurrar en su oído palabras mágicas, dulces recuerdos, para que ella escriba poesía. Una poesía lírica, exquisita, sutil. Sutil porque se cuela por los poros de nuestra piel y nos hace sentir un otoño, un atardecer en junio, o una lluvia de hojas sobre nuestra piel desnuda. Las mismas hojas que guarda en libros, que adquieren otra forma y color para engalanar con ellas sus letras. Hojas que van más allá del adorno, y que para nada son muertas, porque son como la música íntima que acompaña sus poemas.Un día cualquiera sale del mar y se rodea de niños que esperan que les hable, que les cuente. Niños que se vuelven adolescentes, adultos, ancianos, y aún continúan escuchándola, porque su palabra a través del tiempo se ha convertido en bálsamo para las almas que comparten esta tierra. Perdón,  veo que omito algo importante. Ella también comparte el don de los devas, el de formar imágenes, en el mundo astral. Siento que mi aura se llena de palabras que danzan a mí alrededor mientras la leo y la evoco. Ella es la brisa, y al mismo tiempo, la fuerza que impulsa sus alas. Ella es  la voz que un día me incitó a que mis manos nunca cesaran de crear, y que agradeció mi existencia. Su nombre es música en el viento: Loreley.De su mano llegó Yaneysi, acompañada de sus ángeles, pareciendo que flota por el espacio, en lugar de caminar. Mujer que se des-borda en las telas, mientras cose retazos de su vida a un lienzo antiguamente inanimado, que se realza y cobra vida sintiendo el susurro de la aguja entre sus poros. Con los hilos dibuja mujeres que esperan, tranquilas, mientras beben de una fuente ancestral, un licor llamado paciencia. Uno podría preguntarse como se logra esa paz infinita, cuando se vive en una ciudad agitada y se tiene un trabajo de abogacía. ¿Cómo puedes Yaneysi, pintar esa ciudad tranquila, callada, limpia? Y es que claro, olvidaba que tus ángeles te elevan en el cielo, y lo ves todo a distancia. Y así también te pintas, en esencia. Logras llegar a esa mujer sentada en medio de tu corazón, que es inmutable, que es crística, que es dios. Es la semilla de la manzana que te regaló tu ángel cabecipelado para plantarte aquí entre nosotras, convirtiéndote en el punto de equilibrio perfecto entre cielo y tierra, cuerpo- espíritu, sueño- realidad. Permite que tu amuleto sea el nuestro, para que escalemos todas por su línea vertical y alcancemos la gracia.Leonor me visitó una mañana de verano. Esbelta y elegante como sus palmeras, con un andar suave, de brisa marina, en busca de alianza. Quería exponer sus paisajes. Uní los míos a los suyos, mis retazos y sus óleos,  formaron un discurso interesante, hablante de la soledad del artista, y de esa melancolía rara que nos envuelve a veces. Su terruño holguinero dejó de ser una imagen distante, para convertirse en objeto de exorcismo. Una referencia externa para mirarse a sí misma. Poco a poco fue integrándose, viendo sus heridas y haciéndolas brotar. Así fueron curándose todas sus mujeres, de manera que se adueñaron de las aguas, de los árboles, del espacio. Sus raíces han ido creciendo a través del suelo, expandiéndose por el planeta, quizá conciente de su deuda con la tierra; tanto que no puede concebir cajas, porque no halla límites adecuados para su alma. Ahora, son personajes protagónicos de las historias que cuenta, desde su propio laberinto, donde una mujer medita, espera el momento adecuado para salir, segura de encontrar la puerta hacia la luz.Nuestra luz, esa es la propuesta sustancial de Idanerys. Con su parsimonia de ser humano que se reconoce espíritu caminando por el planeta, trata de mostrarnos lo intangible. Sus abstracciones estallan en colores fuertes, provenientes de las fuerzas telúricas y solares de la galaxia. Parecen mensajes de otros mundos, sutiles o materiales, sus imágenes siempre nos recuerdan la esencia divina que nos habita, no importa si tienen semejanza con un dibujo chino, o un lugar distante. Sabedora de esa verdad, no importan nuestros defectos, ella siempre nos cuida y nos comprende. Retrata su alma para que nos podamos mirar en un espejo, y encontrar la belleza que olvidamos, existente en todo lo que nos rodea. Pareciera que anda en las nubes, pero es simplemente, un caminar compasivo por la tierra que pisa, conciencia que nos acoge y, protege. Y así, mirándome en cada una de ellas, voy de la entrega al recogimiento, cantando una canción de cuna, para quien la necesite. En este tiempo, en que las estaciones varían, y la gente se siente perdida, brindamos el amor, la más mágica y poderosa de las medicinas. Entre palabras e imágenes, te invitamos a buscar la chispa escondida que vive en tu corazón.

Dayle Hernández Ruiz

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